(Aunque no crea que todo o gran parte de lo escrito sobre historia del anarquismo, en este caso, u otros temas deba estar subido a internet, he decidido transcribir este texto sobre la militarización de la revolución social en España ya que no se encontraba en la red y me parece importante que cualquiera que muestre interés sobre el tema pueda conocer esta visión pro revolución que comparten muchos anarquistas, tanto entonces como ahora, y tener otra perspectiva para futuros debates y conclusiones, que a día de hoy está tan manchada por el discurso del reformismo y el pactismo burgués de la unión antifascista)
Muerte a la militarización de las milicias y al pacto con la burguesía.
Viva la revolución.

Una defensa desmilitarizada de la revolución.
“Hay algunos compañeros que creen que la militarización lo arregla todo y nosotros decimos que no arregla nada. Estamos en desacuerdo con la estructura militar” (Un delegado de la Columna de Hierro” en el diario “Fragua social”, 14 de Noviembre de 1936).
- La agresión militar contra el pueblo.
Muchos historiadores, al hablar de los sucesos que acontecieron en la Península Ibérica desde el verano de 1936 a la primavera de 1936 se han obstinado en presentárnoslo como una infausta “guerra civil” entre dos bandos. Incluso los más atrevidos lo han hecho preservando en la probidad de una respuesta “causa republicana”. De esta manera han estado escamoteándonos, en conjunto, el gran estallido de una Revolución Social que, un día después de la rebelión militar, nacía rebosante de afanes trasformadores.
Fieles a una partidista y unilateral política de disfraz y exoneración, nos han pretendido mostrar esta “guerra de los generales” como un alzamiento contra el gobierno legamente constituido, cuando d verdad lo que comportaba era el zenit de una persistente agresión contra el pueblo, iniciada tiempo atrás por las camarillas militares con quien las gobernantes de la Republica habían transigido, contemporizado, hasta utilizarlo con tal de reprimir al movimiento obrero: las tropas republicanas aplastaron las revueltas populares protagonizadas por lo obreros textiles de las cuencas del Llobregat y de Cardoner y también por los mineros de Figols, el año 1933 en los sangrantes acontecimientos de “ Casas Viejas”; el año 1934, el general Franco capitanea la represión de la revuelta de Asturias y los Guardias de asalto arremeterán contra los manifestantes de Madrid y Barcelona.
El 18 de julio, una parte de estas fuerzas represoras hacen patente, con su actitud rebelde, la bárbara decisión de cortar definitivamente y por sus propios intereses las acciones revolucionarias de los trabajadores, aunque para conseguirlo tengan que acabar con la República que anteriormente los instrumentalizará. La terminante agresión contra los derechos y libertades de los pueblos de todo el Estado español se había llevado a término.
- Organizar la defensa: ¿Milicias o ejército convencional?
Para poder oponerse a la agresión era necesario un copioso armamento e imponer un ritmo propio a la resolución. El gobierno de la República, pusilánime y temeroso de la respuesta popular deniega sostenidamente la entrega de armas. Primero fue Casares Quiroja y después Martinez Barri los que vieron el peligro que suponía para el orden establecido el hecho de armar al pueblo, por otro lado, se encontraban fatos de una fuerza militar real para oponerse a los facciosos y, incapaces de resolver la situación, hubieron de dimitir.
De la totalidad del ejército regular, que en julio de 1936 contaba con 500 generales, 15000 oficiales, 100000 soldados y 35000 guardias civiles, la República solo disponía de 30 batallones de infantería, 2 regimientos de caballería y un regimiento de “carros”, 1 regimiento de artillería a caballo, 1 grupo de artillería anti-aérea, 12 baterías de campaña, 1 regimiento de ferrocarriles y otras pequeñas unidades de guardias civiles, el resto se encontraba en el bando faccioso. Por este motivo, todo paso de la lucha recayó en los sindicatos y partidos obreros que, enseguida, fieles a los imperativos revolucionarios, se apresuraron a formar las milicias populares, única fuerza armada capaz de reemplazar el ejército, resistiéndose totalmente a la militarización. El Gobierno, presidido en ese momento por Girol, después de la dimisión de Casares Quiroga y de Martínez Barrio, a su pesar se verá forzado a aceptar la presencia de esta forma de “Gobierno revolucionario” que las milicias constituirán con tal de llevar a cabo su militarización mediante la creación de un ejército de voluntarios ofreciendo a los milicianos que se sometiesen a esta resolución “un sueldo, un bonito uniforme y un tratamiento especial”.
Ni que decir tiene que, en su principio, la tentativa d movilización del Gobierno Giral fue un fracaso, sobre todo en Cataluña, pues habría sido más lógico que los escasos militares leales se incorporasen a las milicias que no querer integrar las milicias al ejército, porque aquellas eran ya una realidad mayoritaria en todo el Estado.
- La estructuración de las milicias.
“El Ejercito es un peligro para el pueblo. Queremos ser milicianos de la libertad y no soldados con uniforme” era la respuesta concluyente a las primeras tentativas de movilización.
Todas las funciones que hasta el momento habían sido propias del Gobierno, eran asumidas por el “Comité Central de Milicias Antifascistas” que controlaba en el momento de iniciarse la Revolución, 13000 hombres de la FAI, 2000 de la UGT, 3000 del POUM, y 2000 de la policía de la Generalitat. La independencia del “Comité” fue garantizada hasta el mes de octubre que pasaría a depender de la Conserjería de Defensa de la Generalitat, momento en el que comienza un proceso contrarrevolucionario que culmina con os hechos de mayo de 1937.
Desde un principio surgieron pero muy serias discrepancias por lo que a la estructura se refiere, partidos y grupos con objetivos tan diferentes. Los anarquistas que tradicionalmente han sido siempre contrarios a cualquier forma de organización militar y no, como alguno ha escrito, al modelo de ejército burgués, veían en las milicias el aglutinante de los auténticos afanes revolucionarios, la alternativa definitoria a cualquier paradigma de Gobierno. En cambio, los otros lo consideran como un “mal menor”, un estado transitorio hasta poder instaurar de nuevo la estructura política, social y militar perdida después de la agresión fascista y del estallido revolucionario del pueblo. Es así que mientras la CNT y la FAI se resistían aferradamente a la militarización, las otras organizaciones se esforzaban en convertir las milicias en una forma de ejército, disciplinado y uniformado, al servicio de la Republica.
Los partidos de subordinación socialista o marxista, en aquellas zonas no eran mayoritarios, no van a tardar mucho en dotar a los comandantes de sus milicias de jerarquías y grados militares, que sus hombres habían de acostumbrarse a la idea que pertenecía a un cuerpo militarizado. “Disciplina, jerarquía y organización”, demandaba “Mundo Obrero”, órgano del PC, el 22 de julio. Siguiendo esta consigna, en Madrid, constituirían el Quinto Regimiento, a través del cual emprendieron la formación de cuadros militares, la formación de unidades con Planas Mayores, técnicos y departamentos especializados, de cara a consolidar un denominado “ejército popular” a imagen del soviético “Ejército Rojo”.
La tesis según la cual para enfrentarse a un ejecito era necesario, otro ejército, disciplinado, centralizado y encuadrado militarmente, no era precisamente compartida por los anarquistas. Porque su propósito no consistía en reaccionar solamente contra el fascismo sino en organizar la defensa de un orden revolucionario que se estaba edificando y porque había que hacerlo sin recurrir a disciplinas ni autoritarismos en ningún tipo.
Antes de producirse la contienda, la CNT, en el congreso de Zaragoza del mes de mayo, se había manifestado contraria a la guerra y a las estructuras militares: “Cualquier ejército organizado constituía la amenaza más grande para la Revolución”, habían determinado los delegados. Proponen allí mismo la creación de comités antimilitaristas con tal de fomentar entre el joven la animosidad contra la guerra y la negación a hacer el servicio militar, así como también se muestran resueltos a declarar la huelga general en caso de movilización bélica.
Una vez comenzada la revolución, la CNT, continuando la línea trazada en el congreso de Zaragoza llevará un manifiesto a la opinión publica donde se expresaba en estos términos: “No podemos defender la existencia de un ejército regular, uniformado y obligatorio. Este ha de ser reemplazado por las milicias populares a fin de evitar nuevas conspiraciones”. Para los anarquistas las milicias fueron un ensayo de organizar autogestionariamente la defensa de las libertades populares.
Su unidad básica estaba constituida por el grupo, compuesto de 10 personas, cada 10 grupos formaba una centuria y una agrupación de centurias, una columna. Pese a la existencia de los respectivos delegados de los grupos y de las centurias elegidos por los mismo milicianos, y de un comité de guerra por cada columna, las milicias funcionaban de forma descentralizada, -de abajo a arriba-. Nadie daba órdenes, ni ejercía ningún tipo de autoridad (los únicos militares profesionales presente actuaban en calidad de asesores técnicos). Las decisiones salían de la base, haciendo innecesarias las jerarquías, el saludo, el reglamento y las condecoraciones. Tampoco había discriminaciones en el manjar, vestimento o en el alojamiento. Era la autodisciplina lo que se perseguía en el seno de las milicias. Cada uno debía de saber cómo actuar sin necesidad de que nadie lo mandara, consiguiendo de esta manera una disciplina colectiva indispensable para el triunfo de la Revolución pero a causa de las presiones gubernamentales poco a poco acababa abriéndose camino la idea del “ejercito”, incluso en los medios libertarios, no sin dificultades, la autodisciplina revolucionaria había de dejar paso, como resultado de imponerse prioritariamente la guerra a la revolución, a una disciplina de cuartel que estropeaba los afanes emancipadores del pueblo.
- La militarización
Aceptar una disciplina externa y una autoridad onerosa se oponía radicalmente a los principios tradicionales del anarquismo por eso era imposible no resistirse a la militarización.
Aceptar el fracaso de la Revolución. Admitir la subordinación a “superiores” (graduaciones y privilegios), el control gubernamental, el saludo obligatorio y los castigos disciplinarios implicaba un grave atentado contra los mismo, ideales de libertad que se pretendía defender.
Dos eran, fundamentalmente, las objeciones de los anarquistas para efectuar la militarización:
1.- La lucha armada iniciada con un objetivo social-revolucionario es deformada en una guerra nacional, cuyo desenlace solo podía favorecer a las clases dominantes.
2.- La militarización comporta la centralización del poder y la movilización indiscriminada y obligatoria de todo un pueblo, en consecuencia es la negación de las libertades individuales.
No obstante, la militarización, aunque con lentitud va invadiendo las milicias anarquistas, es “el gran sacrificio que impone la victoria de los ideales redentores”, justifican algunos. Hombres como Cipriano Mera y García Oliver aducen la “falta de disciplina” y comienzan favorables a la reconversión de las milicias libertarias en un ejército regular, son del parecer de combatir al fascismo con una “organización militar eficaz”. Pero no todos los anarquistas estaban dispuestos a claudicar tan fácilmente: las Juventudes Libertarias llaman a rechazar la “enfermedad autoritaria” y a proseguir la Revolución, increpando a los anarquistas que habían bajado la cabeza. Asimismo, la “Columna de Hierro” resistiría infatigable hasta que la militarización era ya un hecho irremediable, forzados a aceptarla rechazaron diluirse con fuerzas no libertarias dentro de las denominadas “Brigadas Mixtas” (Cuando los comunistas ya se habían instalado en el aparato militar).
También la Columna Durruti, que pasa a denominarse la 26 División después de la militarización, accedió finalmente, con condiciones:
1.- Abolición del saludo.
2.- Mismo sueldo para todos.
3.- Libertad de prensa para los diarios del frente.
4.- Libertad de discusión.
5.- Un consejo de soldados para cada batallón.
6.- Un delegado no podrá ser comandante.
7.- El consejo de soldados convocara asamblea general si lo designan los representantes de la compañía.
8.- Los regimientos formaran también un consejo de soldados, los representantes del cual podrán convocar asamblea.
9.- Se envara un delegado observador al Estado Mayor del brigada.
10.- La organización de la representación de los soldados habrá de hacerse extensiva a todo el ejército.
11.- El Consejo General de Soldados estará representado en el Estado Mayor por un delegado.
12.- Los tribunales de guerra del frente estarán compuestos exclusivamente por soldados. Solo en el caso de comparecer un oficial ante el tribunal podrá participar un oficial.
Alrededor del mes de diciembre prácticamente la resistencia a la movilización era nula. Con mucha ironía militarista es concedida a Durruti, el miliciano que más se había puesto a la militarización, el grado de teniente-coronel a título póstumo; es claro que desde ahora la Revolución había sido vencida y la guerra perdida en adelante.
Definitivamente la tradición antimilitarista del anarquismo fue sometida a la disciplina de un ejército convencional.
Gerard Jacas

